La luz del verano

La luz del verano ha llegado para colarse por todas las aperturas de mi ser, por todas esas heridas que siguen abiertas y dejar, así, a la vista toda la oscuridad que en mí reside. Pero es que sin agujeros abiertos no podría entrar luz dentro.

Y desde este estado de desnudez en el que me encuentro, bajo el sol abrasador que me muestra sin filtros y sin piedad, decido aceptarme y verme ENTERA.

Quizás contra todo pronóstico. Quizás contra toda esperanza. Quizás a contracorriente. Y quizás no en el momento que todos esperaban. Pero me siento más entera que nunca, más fiel a mí misma que jamás y más capaz de todo que de nada.

Y en esta visión de mí misma me encuentro ante una verdad que me da hasta miedo pronunciar, y más aún escribir. Qué miedo me da decir lo que diré tras haber entendido la impermanencia, pero lo digo: estoy bien, feliz y llena. Y lo grito, y lo canto y, sobre todo, lo celebro.

El verano ha llegado para reconocerme completa, para saberme responsable de mi ser y de mi estar, para reconocer todo eso que me afecta y responsabilizarme de lo que hago con ello. El verano ha venido para permitirme un nuevo renacimiento, un nuevo andar por mi mundo, un nuevo estar más alineado a mi yo actual y cambiante.

Siento que tengo las riendas de mi vida y que además se han alineado las circunstancias que me rodean regalándome un momento de cierta paz y tranquilidad. Porque si una cosa me muestra tanta luz es que, como ser social que soy lo que sucede a mi alrededor me afecta y es inevitable que así sea, no finjamos una independencia emocional que no existe, ¡somos seres interdependientes!

Tengo la suerte que, en mi círculo, hoy por hoy, hay cierta paz (o por lo menos así lo siento yo), y desde la paz puedo expandir mi alma y sentirme llena.

Y sí, digo que tengo miedo de decir estas palabras, porque en el mundo de la queja en que vivimos alzar la voz para no quejarte parece casi extraordinario. Dejar constancia de un bienestar que todos sabemos efímero parece casi atrevido, casi inadecuado y desvergonzado. Pero así lo siento, así lo celebro, así lo digo: hoy, soy feliz porque estoy en paz.

Siento que mi paz, que mi felicidad, tiene una alta dosis de RESPONSABILIDAD. Pido disculpas si esto le quita romanticismo al asunto. Pero creo que mi felicidad no es fruto de las casualidades, de la alineación de los astros ni del azar (que también, porque sé que soy muy afortunada de dónde estoy, del lugar en el que nací y la familia que me tocó).

Siento que este estado es el resultado de cierta valentía, que pasa por la autoescucha, le precede la introspección y la reflexión, y la prueba-error.

Y sé que para llegar a este punto he tenido que ser egoísta, y me he culpado mucho por ello. He tenido que dejar atrás mi propio ser, las ideas de mí misma que me limitaban, dejar las ropas que ya no me pertenecían y todas las capas de piel que ya no sentía mías. Aceptarme en constante transformación, impermanente, cambiante, efímera.

Y vivir, vivir para que merezca la alegría, para que me dejen “lo bailao”, y vivirme de la risa.

Así que, si en este momento estás transitando la oscuridad, la tristeza o te sientes en lucha, solo quiero recordarte que todo pasa. Y si, como yo, te sientes en un momento de plenitud, te animo a que te atrevas a gritarlo, a expandirlo, a compartirlo, aunque el miedo de lo que sabemos efímero llegue. Disfrútalo. Disfrútate.

Y recuérdate que necesitamos todos los ciclos para ser. Nacer, reaprender, crecer, expandir, morir. Y nacer de nuevo. Y morir una y mil veces. Y volver. Y fallar. Y triunfar. Y ser. Cada vez más, ser.

Gracias por estar,

Feliz verano, y tranquila vida.

Con amor,

Judit.

PD:  puedes disfrutar de reflexiones como esta «la luz del verano» y muchas más cada semana a través de mi Salita de Yoga online, dónde semanalmente compartimos una propuesta de ritual o reflexión. ¿Te vienes?