Occitania, tierra de Cátaros

Este fin de semana, por fin, hemos dado inicio a la temporada de carretera y excursiones, la época de desempolvar la pereza y empezar a recorrer caminos con nuestra pequeña furgoneta y con nuestros pies.

Ya os he dicho varias veces que me gusta mucho viajar, que me siento libre y en crecimiento cuando lo hago pero que, a la vez, no tengo la disponibilidad ni los recursos para hacerlo tanto como me gustaría (o tan lejos como pretendería llegar). Pero eso puede dejar de ser un problema cuando te llenas de curiosidad y entiendes que todo está por ver, que hasta el lugar más cercano puede ser un gran descubrimiento. Sí, tan cercano como que el mayor viaje de nuestra vida será el que haremos a nuestro interior.

Viajar en furgoneta por el sud de Francia

Así, todo viaje toma más sentido porque, al final, viajar es reconocer, empaparte, aprender y descubrir y no hace falta cruzar ningún océano para realizar tales acciones, sólo con abrir bien los ojos y la mente basta.

Y con estas ganas de ir y venir, con el fin de terminar conociéndome mejor (si es que nunca podemos llegar a conocernos), los pasos, o mejor dicho las ruedas, nos llevaron hasta una zona cercana que nos encanta. El sud de Francia, la región de Occitania y, en concreto en el departamento de Ariège. Fue la previsión meteorológica lo que nos llevó allí, el ver que era una zona en la que, en teoría, tenía que salir el sol y que además nos pareció muy virgen, poco explotada y rodeada de verde.

Y así fue, aunque suponemos que en otros momentos debe estar mucho más llena de gente y más visitada. Nos encontramos con unos paisajes preciosos, sin apenas turistas, con la opción de perdernos entre caminos y recorridos rodeados de naturaleza… lo que nos encantó, aunque el sol no se dejó ver tanto como hubiéramos deseado, pero no hay mal que por bien no venga.

Nos instalamos en un pueblecito llamado Camon, allí hicimos nuestra base para furgonetear, es decir, regalarnos también al arte de reposar y hacer poco más que estar. Y des de allí hicimos varias visitas que nos llevaron a un pasado oscuro, envuelto por el misterio de la historia, de la curiosa niebla que se ha ido dibujando alrededor de la etapa medieval, con sus luces y sombras.

Visitar Francia en furgoneta

 

Nos convertimos en cátaros, es decir, en auténticos herejes perseguidos por una iglesia católica y su inquisición, a la que alguna mala jugada le hicimos pasar. Debatidos entre el bien y el mal, es decir, entre el mundo espiritual y el mundo material, esperando un único sacramento, el consolamentum recibido a las puertas de la muerte a manos de los perfectos, los cátaros más avanzados que ejercían el sacramento. Este sacramento era la forma de  alcanzar el poder espiritual al liberarnos del cuerpo material, el mal, y llegar a la muerte, al estado espiritual o bien.

Con estas ideas recorrimos toda la zona de Occitania, predicando en la Plaza de la bella Carcassone hasta tener que refugiarnos en el Castillo de Montsegur, dónde los cristianos llegaron para acabar con nosotros, quemando nuestros cuerpos y con ellos convirtiendo en cenizas a nuestras ideas, sólo por no querer aceptar su forma de entender la religión.

Ruta de los cátaros

Y así, conocimos la historia, fuimos parte de ese pasado que nos regalaron para ser presente y nos dejamos sorprender por la conocida intolerancia de los siglos anteriores, de los pensamientos extremistas e impuestos.

Y pensé que la historia nos enseña, que nos muestra lo que hemos hecho mal, los errores cometidos por la prepotencia de creernos mejores, por el egoísmo del poder, por el miedo a la pérdida de autoridad… Y me parece demasiado importante conocer estos sucesos, no por quedarnos atrapados allí, sino para mejorar, para escribir nuestra vida con las palabras que más nos gusten, que se redactaran a base de las acciones y decisiones que tomemos.

Francia y la ruta de los cátaros

Así que yo decido vivir en la tolerancia, que no quiere decir tolerar lo intolerable, aceptar las ideas del prójimo por extrañas que me parezcan (siempre y cuando no atenten contra la libertad de los demás), vivir la diversidad y enriquecerme del saber y creer del otro. Decido vivir con los ojos abiertos, la mente despierta y las orejas preparadas para escuchar lo que me tengan que contar. Intentando aprender de lo sucedido y dejando que la historia me enseñe lecciones de querer y de amor, no sólo de poder, muerte y autoridad.

Y con todos estos pensamientos voy a seguir viajando en esto que llaman vida!

Feliz día,

Judit.

🙂

PD: si te ha gustado esta entrada quizás también te interese leer “Viajando al pasado, las ruinas de Empúries”, “L’Empordà” o “Un paseo por Coulliure”.  Y también te recuerdo que puedes inscribirte a mi Newsletter mensual, para recibir todo lo que sucede en “Lost In The Village” pinchando aquí. Gracias por estar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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