Menstruar o monstruar

Hoy vengo con ganas de tratar un tema que quizás a muchas personas les incomode, les moleste o les sobre. Un tema que, poco a poco, vamos consiguiendo que no sea tabú pero que por largo tiempo se ha anulado, tapado y se le ha tratado con miedo.

Sí, hablo de la regla, de la menstruación, que para muchos y muchas es algo parecido a un monstruo. Por eso la llamo la monstruación, en modo cariñoso y humorístico. Para ellos se convierte en monstruo porque, claro, ya se sabe que da mucho asco que baje sangre por “allí”, y que es algo sucio y nos hace estar de mal humor y débiles (léase con un tono irónico, por favor), cómo si fuera algo de lo que ellos pudieran opinar. Para nosotras es monstruosa porque a menudo duele, molesta y es incómoda, como un estorbo que siempre llega en el momento menos oportuno: en tu cita, en tu viaje, en tu festival de danza, en la boda de tu amiga… Y ya se sabe que cuándo llama a la puerta y te dice “Hola, soy tu menstruación”, tu debes salir corriendo, o eso me enseñaron en los anuncios de televisión. En fin, ¡bendito monstruo que nos ha tocado vivir!1 (2)

Y digo bendito porque mi relación con ella ha evolucionado y cambiado, hasta poder decir que aún con dolor me siento conectada a mi feminidad, a mi ser mujer a través de ella, a mi poder femenino y a mi fuerza interior. Pero vamos por pasos.

Recuerdo perfectamente el día que me vino la regla, estábamos en un restaurante y mientras comía me noté rara, como si se me hubiera escapado un poco de orina, pero yo no sufría de incontinencia por lo que era muy extraño, así que fui al baño y vi que me había manchado con algo de color marrón. No necesité ser muy hábil para entenderlo, la regla había llegado. Me entró algo parecido al pánico, al miedo y a la vergüenza y no dije nada hasta que llegué a casa. Allí, con total disimulo, se lo dije a mi madre. Obviamente no quise que mi padre se enterara (aunque estoy convencida que al minuto ya lo sabía) ya que todo lo que había visto y aprendido era que la regla era una cosa únicamente de mujeres, de la que se hablaba más bien poco y que molestaba a toda quién la tuviera. Me acuerdo de tener ciertas ganas de “convertirme en mujer” como los mayores dirían, ya que casi todas mis amigas eran “mujeres” menos yo que era “niña” hasta ese momento. Así que, aunque la recibí con muchas dudas, debo aceptar que me hizo hasta ilusión.1 (5)

Pero pronto la ilusión se desvaneció. Llegaron mis primeras experiencias vergonzosas con la regla. Manchar los pantalones en clase y al darme cuenta sentir una profunda vergüenza, porque me enseñaron que la sangre que sale de mí es algo de lo que esconderse y no mostrar, algo vergonzoso y que me hacía débil.

En seguida llegaron los dolores que no me permitían casi ni moverme, me mareaban y me hacían sentir mal, pero con los que tenía que lidiar porque no son motivo suficiente para darnos un descanso. De hecho, recuerdo un profesor de gimnasia al que en un par de ocasiones le dije que me sentía mal porque tenía la regla, con la vergüenza que me supuso ese gesto, y su respuesta fue que no se iba a parar el mundo por eso, que hoy descansara pero que no me acostumbrara. ¡Gracias educación secundaria obligatoria para tenernos tan en cuenta y por trabajar con la realidad de una forma TAN equitativa y buena! Supongo que ya os habréis dado cuenta que tiene más valor un dolor de barriga por gases que un dolor abdominal o lumbar por menstruación, esa es la balanza del mundo amigos y amigas.

También viví el esconder las compresas para ir al baño porque nadie debía saber que estaba sufriendo tal “dolencia” en mi día, que sangrar era muestra de malestar, podía incomodar a las personas de mi alrededor y era algo completamente íntimo y que tenía que vivir conmigo misma y sola, bueno lo podía compartir con alguna amiga pero no debía hacer un espectáculo de ello.1 (4)

Y llegó ese momento en que tuve que cambiar las compresas por los tampones, casi por obligación. Tenía la suerte de poder estar inscrita en una actividad de verano basada en estar horas y horas en la piscina, con lo que una compresa no me daba la opción de hacerla y no quería, ni podía, perdérmela. Así que con la ayuda de mi madre, quién me dio las instrucciones necesarias, una caja de tampones y un espejito para que localizara dónde tenía que colocarlos (¡qué asco, ¿qué es esto que tengo aquí abajo?!), tras mucho sudor, no entender nada y sufrir, conseguí ponerme mi primer tampón, pero qué incómodo, doloroso y horrible me pareció. Y aún siendo incómodo, doloroso y horrible seguí utilizándolos a lo largo de muchos años de mi vida (en realidad no tantos, unos 5 aproximadamente) hasta que llegó mi querida copa menstrual.

A lo largo de esos años llegué a odiar mi regla. Me dolía, me impedía hacer mi vida de forma normalizada, aunque tuviera que luchar contra eso y tratar de normalizarla, y además me irritaba y siempre llegaba en el peor momento. Sí, la odié, la odié mucho y me hizo daño, mucho daño. Recuerdo estar estirada en el sofá retorciéndome de dolor y coger la plancha de la ropa, porque no teníamos bolsas de agua caliente, colocarme una toalla humedecida y plancharme el abdomen para reducir el dolor. ¡Ahora me entra la risa al verme así y aplaudo la mente creativa de mi madre!1 (6)

Recuerdo alguna situación en que estando premenstrual, con algún que otro cambio de humor, algún muchacho me dijera “Joder, qué antipática que estás, ¿qué pasa que tienes la regla, o qué?”.Y mi reacción ante esos comentarios era la de sacar la fiera interior que tengo  y enfadarme, porque me molestaba profundamente que alguien que nunca ha sufrido tal “dolencia” se atreviera a juzgarla y a mal hablar de ella. Y no, por aquí aún no paso.

Mi ginecóloga me contó que tenía los ovarios poliquísticos (SOP), lo que podía producirme dolores más fuertes y causarme problemas de fertilidad, y que la mejor opción sería tomarme pastillas anticonceptivas para regular mi secreción hormonal y equilibrarme. Una opción que nunca tomé y de la que no me arrepiento.

También creo haberme tomado mil y una pastillas para el dolor, hasta decidir que ya había suficiente medicación en mi cuerpo, demasiados silencios ante una voz que me estaba hablando, que si gritaba el dolor quizás debía escuchar. Tras esa magnífica decisión empezó mi verdadera relación con mi menstruación, pero aún me tuve que oír que era un poco tozuda, que qué ganas tenía yo de sufrir, etc.IMG_6013

Y al empezar a escuchar a mi cuerpo, comenzar a ser consciente de sus cambios cíclicos, de su forma de expresarse con dolores, con sensación de fatiga o pesadez, pero a su vez con emoción, sensaciones vívidas, vibraciones, alegría, euforia, ganas de comerme el mundo… comencé a conocerme a mí, y a mis distintas emociones y estados. Paré atención a mi cuerpo, comencé a escuchar lo que me decía, dónde me dolía, qué partes se quejaban y a adaptar mi funcionamiento a sus necesidades.

La suerte se puso de mi parte y empecé a menstruar los fines de semana, lo que me daba la oportunidad de pasar las reglas acurrucada, tranquila, bajando el ritmo. Y aunque los dolores seguían presentes los empecé a vivir de forma muy distinta, dándoles espacio y lugar, permitiéndoles ser, estando presente en ellos y respirándolos. Y sí, empecé a conectar y a sentirme poderosa con esos dolores que a día de hoy continúan pero creo que me hacen más fuerte.1 (3)

Y no, no han desaparecido, pero están presentes y no los callo ni los ignoro. Les escucho y les doy paso, sabiendo cuál es mi necesidad. Así que, decidí cambiar hábitos, mostrarme cómo me sentía ante la persona que estuviera presente, decir sin vergüenza que tenía la regla y me dolía, aceptar que quizás necesitaba bajar el ritmo y dejarme ayudar, vivir el dolor acompañada.

Y debo deciros que hoy por hoy me siento mejor. Si me mancho, pues lo digo y me río. Que me duele, pues lo digo y freno. Que me pone de mal humor, pues lo expreso y anticipo al público. Que me hace sentir poderosa, pues aprovecho y creo. Que está presente, pues la dejo pasar. Que me salen granos, pues los acepto y me cuido la piel. Que me hincho, pues ya me deshincharé… y así mi actitud ante ella cambia.

1 (1)

Quizás te asusto, pues acéptalo, mi regla es mi poder. Tengo un precioso monstruo que he decidido conocer.

Y tú, ¿qué relación tienes con tu menstruación?

Feliz, rojo y sangrante martes de luna nueva.

Judit.

PD: tengo mis trucos ante el dolor menstrual, porque está presente y existe. Si te gustaría que los comparta escríbeme o deja un comentario y lo haré en un nuevo post. ¡Un abrazo!

 

Anuncios